Dueñas
Cuando Cleiton Restif compró la casa no quiso saber que estaba en ruinas; le bastó ese leve y blanco detalle arquitectónico para decidirse. Ahora, a menudo recuerda, asomado al balcón, su larga reclusión en Dueñas; reclusión sólo alegrada por la visita de la pálida lechuza, vaticinadora irrefutable de la muerte de reos, y la llegada, de madrugada, al patio del penal, de un bando de ánsares grises que, como piezas de ajedrez, dibujaban, sobre la nieve, movimientos letales.
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